Todos los santos y Día de Muertos
Cuando en clases de historia debo hablar sobre la Edad Media, me gusta preguntar a mis alumnos qué datos o ideas tienen de ella. Lo más común es que respondan que fue una época en la que hubo muchas enfermedades, guerras, caballeros y castillos, aspectos que sin duda estuvieron presentes históricamente, pero que han sido maximizados por las películas y hasta por los cuentos.
Pareciera que mil años de historia quedaron oscurecidos por ciertas ideas generales que, para colmo de males, son todas negativas.
Para matizar un poco sus pensamientos, me gusta hablarles de los avances culturales y científicos de esta época o de las cosas que aún hacemos o pensamos que provienen precisamente de ese lejano medievo que percibimos ajenísmo a nosotros.
Pues bien, uno de esos aspectos culturales del medievo que aún persisten, tiene que ver con la conmemoración de ciertas festividades que, bajo el sincretismo de la antigüedad pagana y el cristianismo, se siguen festejando en Occidente.
Como ejemplo, podemos nombrar dos: la conmemoración de Todos los Santos y el día de los Fieles Difuntos. Porque sí, aunque creamos que solo los muertos se celebran en México, hay otros sitios como en Sicilia, donde también se dedican esos días para la remembranza de los ancestros y no sin la impronta de la algarabía o el placer de comer (como dicen por ahí que “el muerto al pozo y el vivo al gozo”).
La conmemoración de Todos los Santos se puede rastrear hasta el siglo 11, cuando la Iglesia estableció un día para conmemorar a los primeros mártires cristianos que murieron en defensa de su fe.
La celebración se insertó en el contexto de la adoración a las reliquias de santos y mártires, que en la Edad Media suscitó tanto interés que incluso provocó el robo o el tráfico de las mismas. Cada primero de noviembre, los creyentes acudían a templos y monasterios para venerar las reliquias y tesoros sacros que cada uno de ellos poseía; el objetivo principal era solicitar la intercesión de los santos en el perdón de los pecados y ofensas cometidas hasta entonces.
Ahí nació la costumbre de elaborar pequeñas osamentas de dulce que recordaban las reliquias visitadas, que en Sicilia se elaboran -hasta la fecha- con pasta de almendra y en España con azúcar, bajo la propia influencia de la dulcería árabe.
Posteriormente, como consecuencia de las muertes provocadas por las pestes, la Iglesia estableció en el siglo 14 el 2 de noviembre como un día especial para recordar a los Fieles Difuntos, en un espacio permitido para orar por la salvación de su alma y su tránsito menos duradero en el purgatorio.
Ambas festividades, la de Todos los Santos y los Fieles Difuntos, pasaron a nuestro país durante la Conquista española. ¿Cómo se celebraban en las ciudades novohispanas? En un contexto puramente religioso. Las personas acudían a los templos, pedían por el alma de sus seres queridos y compraban dulces como los arriba descritos al salir de la misa en las Ferias de Muertos, de las cuales ya nos hablan algunas crónicas.
Durante los primeros años del México Independiente la situación no cambió mucho, aunque ya autores como García Cubas mencionan la costumbre de ir a los cementerios para visitar a familiares difuntos.
Pero entonces las ofrendas, los altares y los rituales actuales ¿cuándo surgieron? Para la investigadora Elsa Malvido, la conmemoración tan publicitada del Día de Muertos, como lo conocemos ahora, es mucho más reciente.
Después de la Revolución Mexicana, la nación buscaba hundir las raíces de su identidad en el pasado prehispánico y es por ello que se comenzó a hablar de un origen prehispánico de la celebración de la muerte.
Fue así que los altares con significados y elementos indígenas fueron haciéndose cada vez más populares en regiones del país en las que no necesariamente se elaboraban.
Lo anterior no demerita para nada los orígenes ni la pureza de la fiesta, simplemente nos habla de cómo las creencias y las festividades se van modificando con el tiempo. De una conmemoración medieval y puramente religiosa, hemos pasado a la exaltación identitaria de una manera muy particular de ver la muerte.
Sin embargo, lo valioso es que estas fechas siguen funcionando para conectar con quienes siguen presentes en nuestra memoria, sea individual o colectiva.
