Ganó Trump. Una paradoja más de los tiempos. Primero fue la postulación de ser una “sociedad Post racial”, mito en decadencia. Acaso los círculos sociales educados universitarios podían desenvolverse en ambientes libres de prejuicios.
Obama era la puerta a una utopía en realización; resultó ser un espejismo, y no solo por los prejuicios subyacentes, sino por la política misma del afroamericano; sus números en deportaciones fueron la inspiración inicial de Stephen Miller, el cerebro antiinmigrante del primer período trumpista.
Obama ofrecía la realización consumada de las promesas incumplidas de la constitución y la declaración de independencia. El sueño liberal de pasar del primer afroamericano presidente a la primera presidenta en la persona de Hillary Clinton, se vio perturbado no solo por Donald Trump sino también por los ideales que lo hicieron crecer.
Fue una combinación extraña de hartazgo de las clases medias venidas a menos, la búsqueda frenética de culpables, los inmigrantes como chivo expiatorio… y la manifestación del antiguo nuevo prejuicio.
La clase trabajadora norteamericana desde el New Deal veía a los demócratas como sus magros aliados… desde finales de los 90 los seguían viendo igual, pero inoperantes. Hasta 2016 cuando comenzaron a percibirlos como coludidos con un sistema exfoliante de sus derechos y empleos, como parte del enemigo.
Trump resultó ser real en muchas cosas. Su radicalización no era una postura electorera. Entendió pronto que su impulso era la añoranza de mejores tiempos pasados; una economía y salarios justos y la oportunidad de trabajar para vivir dignamente. Make America Great Again.
Trump no pudo repetir porque su retórica chocó con una realidad que va más allá de la capacidad para entregar buenas cuentas a un electorado que no confía.
La realidad siempre fue global y estaba ligada al colapso de la demanda agregada (actores económicos que cada vez pueden comprar menos bienes y servicios) en un mundo donde la Inteligencia Artificial (IA) nos maravilla con sus portentos… mientras se queda con los mejores trabajos.
A eso, sumarle que en Estados Unidos el bipartidismo no se conflictúa con un proyecto de nación: ambos, demócratas y republicanos, postulan al capitalismo como proyecto de prosperidad. El problema es que ese modelo cada vez cumple menos promesas y exige cada vez más sacrificio. En tanto, siguen culpando a los migrantes y a China.
Por cierto, al momento de cerrar esta colaboración, nos topamos con la “novedad” de que hay provincias canadienses que quieren a México fuera del próximo T-MEC. La globalización sigue su proceso de convertirse en regionalización a un ritmo más acelerado y desplantes menos disimulados.
El sistema político americano vive una peligrosa decadencia. Nelson Mandela lo resume: “si no hay comida cuando se tiene hambre, si no hay medicamentos cuando se está enfermo, si hay ignorancia y no se respetan los derechos elementales de las personas, la democracia es una cáscara vacía, aunque los ciudadanos voten y tengan Parlamento”.
Es en ese contexto en que comenzará a gobernar Donald Trump y pondrá a prueba una democracia que por no cumplir promesas básicas a su pueblo vivirá su desafío más peligroso. El magnate ya no tendrá los incentivos para reelegirse, lo cual le dará una soltura inusual, y eventualmente le dará una extraña viabilidad… precisamente para reelegirse.
¿Estoy diciendo con esto que Trump cambiará la constitución para permanecer en el poder? De momento no llego tan lejos, aunque es preocupante que los demócratas solo puedan esgrimir una diferenciación en materia de género e ideales liberales, pero en económica sean prácticamente iguales a los republicanos.
Si los del partido del burro no salen de su ombligo para postular una visión social que incluya de nuevo a la clase trabajadora, no volverán a votar por ellos en dos, cuatro y más años. Escuchen a Bernie Sanders.
La democracia más evolucionada del mundo corre el riesgo de convertirse en el cascarón vacío que acusó Mandela. Y el cronómetro avanza.
