Impresiones del viaje a Argentina
Estuve en Argentina por motivos académicos. El traslado, de 10 horas, fue en un avión de línea mexicana. En el regreso ocupé 16 horas y dos conexiones; en los tres casos de vuelta fui descalzado y revisado minuciosamente.
Me deslumbró la estancia en el Sur, realmente el Sur. Miré lugares icónicos que conocía por libros, revistas, películas y conversaciones. Bien llegué, acudí al Obelisco, el monumento donde se reúnen los argentinos de Ciudad Federal para celebrar y conmemorar de todo. Cuando vi Birra, pizza y faso (1999), me prometí estar allí.
Otro referente de visita obligatoria, por estar en mi imaginario, era el monumento dedicado al libertador José de San Martín. Louis Joseph Daumas es el autor. La obra es de 1860 e instalada en 1863. Miré con entusiasmo uno de los modelos antecedente para la escultura del general Jesús González Ortega, esta creación es de Jesús F. Contreras, en 1897.
Anduve zapateando y algo de metro, ignoro el radio recorrido los primeros días. Por supuesto estuve en el edificio del ayuntamiento, la Casa Rosada y la Catedral. En este edificio noté la devoción cívica en el interior del templo, el cual desde afuera no parece iglesia y desde adentro es tan sobria y distante a los barrocos dorados mexicanos.
En el andar una palabra fue la constante: cambio, cambio, cambio, cambio; era la clave de las personas que ofrecían cambiar dólares por pesos argentinos.
Mi etapa mayor e indeleble fue cuando viajé de Buenos Aires a Santa Rosa, capital de La Pampa. Me fui en autobús doble piso. Lo hice así porque quería mirar con mis propios ojos el paisaje sin cerros. El regreso fue igual. El traslado fue en poco más de nueve horas, quienes supieron la osadía advertían el tiempo invertido, el cansancio y las paradas sin poder bajar. Siempre respondí, es el mismo tiempo de Zacatecas a Ciudad de México.
En el ir y regresar me llamó la atención la señalética de la carretera. Allá es pare, no usan stop; en advertencia a velocidad y falta precaución dicen “aquí hubo víctimas fatales”, me recordó los recuerdos funerarios con lápida y cruz que en México ponen los deudos para indicar donde falleció alguien.
Entre lo que más me deslumbró al ir a Santa Rosa fue la carretera recta, casi interminable. Fueron poco más de 600 kilómetros. Todos recorridos en una velocidad que no superaba los 70 k/hora. Esta etapa me hizo situarme, en bien, en el camino de El Resplandor (Kubrick, 1980).
Santa Rosa es una hermosa ciudad construida en 1892. Está en medio, realmente a la mitad entre los límites de Chile y el Atlántico, entre el Sur, realmente el Sur del continente y las fronteras con Bolivia y Paraguay.
Quizá por casi reciente, un siglo y algo más, Santa Rosa la note sobria, sin exceso de templos, con escuelas primarias planeadas, calles rectas y una ciudad cuadriculada. Conocí la casa inicial de los fundadores, el museo de Bellas Artes y probé los panchos en la plaza principal.
En Santa Rosa participé en un congreso internacional de investigadores sobre las sociabilidades masónicas y su labor en los procesos de secularización y laicización de los estados nación.
Cierro
Los efectos de la toma de protesta de la presidenta Claudia Sheinbaum me aturdieron. Miré que ella no fue la única protagonista en este Estado presidencialista, la austeridad republicana se evaneció: hubo exagerada cobertura al ex presidente; uso lamentable de la presidenta del Congreso; descortesías a la presidenta de la Suprema Corte de Justicia de la Nación; los políticos 4T hicieron de la Ejecutiva federal una presidenta taumaturga, como en los tiempos anteriores a la transición democrática.
