El dictador se fue. Ávido de poder cual vampiro ante la sangre, simplemente hizo mutis. El dictador solo existió en sus mentes. Y vamos, que la mayoría de los articuladores y promotores de esos cuentos petateros ni siquiera se lo creían, pero la consigna era construirlo.
Empleados del Poder Judicial (PJ) le gritaron “dictador” a un hombre que desde las 00:00 horas del martes dejó de ser presidente. Lo dicho, la libertad de expresión también es para quien articula disparates.
El jefe máximo habitará Palenque. Pero no se ha aparecido a mangonear. Para transitar su lastimera racha de fracasos, la oposición ha necesitado una bestia negra, y por eso no se detiene a analizar el sistema político y de partidos que nacerá de los sucesos acontecidos en los últimos años y, más específicamente, en los meses recientes.
Mucho menos deducir su propio lugar en ese esquema. Están absortos y entretenidos inventando ficciones que no sirven ni para el corto plazo.
La presidenta marioneta se enfundó la banda presidencial. Para destruir el grosero constructo la banda es ilustrativa. López Obrador lució una que ya no era de él. Estaba hecha a la medida y proporciones anatómicas de la presidenta Sheinbaum. Apegándonos a la estética, el saliente se veía mal: la banda, sencillamente, no le quedaba.
El símbolo ritual que identifica a la jefa del Estado mexicano profundizó una transición que todo el país presenció en unos segundos. Claudia, de blanco y flores en el bies rindió la protesta constitucional enfatizando que será presidenta, con “a”. Cuando se la puso, le quedaba perfecta, producto de otra mujer, una militar.
“Llegamos todas”. Como pieza retórica es atractiva, aunque las feministas más críticas conservan honestas dudas. Ojalá fuera tan fácil, pero las prendas de pluralidad tendrán espacio para manifestarse en acciones y políticas sostenidas. Con todo, el que llegue una es un gran avance para todas.
Como liberal con resabios decimonónicos, conservo mis dudas y reservas sobre algunos elementos simbólicos de la ceremonia del martes en el Zócalo. Igual me sucedió hace seis años en la investidura de López Obrador.
Lo que inclusive para muchos extranjeros es prenda de admiración, asumir con orgullo los rituales del pasado originario, a los que creemos en el Estado laico en su aplicación más estricta no deja de darnos comezón mental. No deja de involucrar a la presidenta (antes, al presidente) en rituales religiosos. Lo mismo cuando López Obrador sacó su escapulario en plena mañanera. ¿Qué necesidad?
Lo anterior hace seis años no tuvo consecuencias en el ejercicio del poder ni en favor ni en detrimento de ninguna expresión religiosa. Sea igual ahora; vigilemos como entonces.
Sobre esto, lo que deja esperanza, el símbolo más poderoso, es ver a la Presidenta, persona depositaria del otrora poder omnímodo, la jefa del Estado mexicano enfundada en la banda presidencial que encarna la dignidad nacional, ante mujeres de esos grupos tan olvidados, tan sobreseídos, tan postergados, en un encuentro de personas iguales donde a la vez se confirmó que, pese a la malnacida cotidianidad donde las cosas son al revés, en realidad el jefe de quienes detentan el poder es el pueblo.
Los dos discursos fueron verdaderas prendas de diferenciación. Siempre fue posible presentarnos una versión con estilo propio de la Cuarta Transformación, agregando el “segundo piso” como derivación y elementos como “energías limpias” a la conversación presidencial; una puesta al día, de varias que hacían falta.
La imagen es poderosa: la presidenta saludando militarmente a la Bandera; la escolta, integrada por mujeres, inclinando la insignia. Por primera vez nuestra bandera se inclina ante una mujer. Es la hora de ellas.
