Por un lado, la concepción objetiva, si acaso se puede, de cómo están ocurriendo las cosas. Por otro, el tomar partido contra la opresión.
La discusión comienza a envenenarse a niveles insalvables. Cada vez tenemos más intensidad.
Se ha acusado al presidente Andrés Manuel López Obrador y sus partidarios, todos quienes se digan simpatizantes de la 4T, de fomentar una actitud maniquea, “o estás conmigo o contra mí”, e inmediatamente después se asocia dicha perspectiva con los fanatismos más peligrosos.
En la otra esquina, se acusa a quienes se erigen como los ojos objetivos de arrogarse la posición neutral en una batalla que no acepta medias tintas, “si en una lucha de fuerzas desiguales te declaras neutral, entonces te pones del lado del opresor”.
Ambos tienen razón. Lo más peligroso es que ambos declaran asimetría con perspectivas y consecuencias radicalmente distintas.
Por un lado, es cierta la afirmación de que detentar el poder político no es tenerlo todo y se debe cuestionar a otras fuerzas de concentración de medios y facultades, como las oligarquías económicas; por otro, es cierto que en momentos resulta intimidante la concentración de popularidad e influencia del lopezobradorismo y, efectivamente, que el presidente tiene de su lado un gobierno con muchos mecanismos para operar.
Dos grupos, los extremos ideológicos y un tercero que los otros extremos juzgan en silencio o abiertamente como enemigo no acreditado. En el imaginario de, “es imposible permanecer imparcial”, se concluye que “tú estás con el otro”.
En suma, que en ambas esquinas hay algo o mucho de razón. Independientemente de cuál sea nuestra propia postura, debemos comenzar a considerarlo un problema de urgente atención.
A estas alturas es imposible negar la importancia de civilizar la discusión, despojarse de radicalismos, avenirse a dialogar, encontrar puntos medios, conciliar, consensar. No olvidemos que radicalidad en el mediano y largo plazo apuntala los objetivos y ambiciones de quienes dirigen a las partes.
También resulta desalentador encontrar el ambiente de redes sociales, grupos de Whatsapp y grupos de interacción social, como verdaderos campos de batalla donde se puede iniciar una discusión en términos aceptables, pero a la vuelta de dos o tres respuestas inician las descalificaciones, etiquetas y al desbordamiento de insultos e improperios.
Soy de la idea de que, si somos seres pensantes con capacidad para procesar información y también para enojarnos ante determinadas circunstancias, es imposible permanecer neutrales. Es inhumano pretender la omisión de un punto de vista ante cualquier situación.
En casos como este, suele usarse la frase, “vienen tiempos de definiciones” y yo la matizaría, “vienen…”, más bien, “tiempos de decisiones”.
El problema de quienes copan los espacios con su versión, es que terminan levantando tal nube de polvo que restan visibilidad a lo realmente importante, por detenerse a observar situaciones de color y matiz que distraen del fondo.
Vienen coyunturas para decisiones importantes y estamos en medio de una discusión donde ambos bandos pretenden conquistar nuestra preferencia. Será nuestra responsabilidad espulgar lo realmente valioso y decidir en consecuencia.
Todo lo anterior se presenta como una espléndida oportunidad para dialogar en civilización y democracia o ser parte de ese grupo silencioso que sólo atestiguará las discusiones con relativa serenidad y continuará su camino.
Dicho grupo merece un espacio de apreciación y un voto de solidaridad, por muchas razones, pero la principal es que es el sector mayoritario. Por lo general la capacidad de estridencia y vocalidad se distribuye en un máximo de 30 por ciento, donde la mitad (es decir, 15 y 15) suelen ser los extremos ruidosos. El 70 restante no emite opinión, pero la tiene. De ellos hablaremos después.
